La enana continuó corriendo rápidamente, en sus mejillas redondas
corrían pequeñas lágrimas cristalinas.
Carmela Evelia
llevaba una vista desorientada y confundida, lo que la llevo a chocar de frente
con un veinte añero, de cabellera hasta los hombros, pelirrojo, con pecas
alrededor de sus mejillas, pantalones remendados, con su cuerda rodeando su
cuello sosteniendo un símbolo de paz y amor y una camisa de cuadros
multicolor.
- Disculpa - Exclamó el muchacho.
- Fue culpa mía – respondió Carmela.
- ¿Por qué vas tan apresurada y triste?
- No encuentro un novio que me quiera – Dijo la
enana.
- No te angusties y cuéntame ¿cómo te llamas? –
Replicó el muchacho.
- Carmela Evelia Gálvez ¿Y vos? – Consultó Carmela.
- Me llamo Godofredo Potter, vivo a dos cuadras de
esta calle, a la par de la pulpería, enfrente del parque – Agregó el muchacho.
- Hace mucho tiempo mi prima hermana Cleopatra
vivía por ahí. – Dijo Carmela aún con sus ojos llorosos.
- Pues qué bueno que conoces el lugar ¿Podrías
ayudarme? – Preguntó Godofredo, y Carmela no pudo ocultar su asombro al notar
que había topado con un muchacho apuesto y cortés, pero que también era no
vidente. –Necesito encontrar mi bastón, y de paso te puedo mostrar el camino a
casa.
- Y ¿qué te gusta hacer Godofredo?
- Me encantan los días en el campo, puedo
relajarme y leer.
- ¡Qué bueno, a mí me encantan!
Desde ese martes en la tarde y durante los siguientes nueve
años, Carmela y Godofredo se reunían a tener un día de campo en las zonas
verdes del parque. El resto es contar la típica historia, de un par de ciegos
por el enamoramiento. “Éste sí me va a querer” pensaba Carmela Evelia, “no se
dará cuenta que soy calva y fea”.
Nueve años después Carmela y Godofredo contraen matrimonio,
en una ceremonia no opulenta, pero no por eso falta de detalles. La madre de
Carmela estaba feliz, ya que al fin su hija pequeña había encontrado quién la
quisiese, y además su esposo era un buen
abogado.
Casi doce años han pasado desde que la pequeña mujer se
topara con aquel atrevido y apuesto hombre de larga cabellera, rebelde y
soñador, que sabía cómo tratar a una dama y le arrancaba suspiros a su amada.
Por cosas del tiempo y de dejarse perder en el mundo trasquilado por la rutina
y el tiempo, aquel guapo muchacho se convirtió en un calvo y ocupado trabajador
del gobierno, que se pasa de lunes a sábado hasta tarde resolviendo “asuntos
delicados”, y los domingos se dedica a hablar del trabajo y a dormir.
Cansada, un día Carmela Evelia escribió una nota:
Godofredo, Godofredo
¿Dónde estás, que no te veo?
El estupor sigue, golpea,
¿O es este ruido el que me marea?
No importa, no importa cuántas tartas cocine
No cabe ya plato limpio en el armario
Lo que veo es un beso que no existe
Y una esclava encadenada a su amo
Plancha, aspira, conecta
¡Ya no deseo tanta ocupación!
Si no puedo tenerte un minuto
Al diablo tanta estúpida inversión
¿Soy sola yo quien siente?
¿Dónde está tu corazón?
Lo siento, no he querido decidirme,
Pero ya no soporto esta desazón.
Cansada la enana de esperar, de hacerse calva en el umbral,
de contar cucharadas, de ver novelas, de mezclar con su dolor la sopa, dicen
que alguien tocó a su puerta abandonada. Dudó. Pensó que podría ser su esposo,
que había salido temprano del trabajo, o mejor, que había renunciado a su
importante cargo, para quedarse junto a ella por siempre y envejecer felices
Abre la puerta, tiembla, solloza, suspira. No es su esposo.
Es un hombre, sí, pero está en forma, moreno, ojos miel que complementan la
mirada dulce, brazos gruesos, marcados, y cabellera, muchísima cabellera.
- Disculpe usté doña. He anadao el páramo too el
santo día, sin apiarme un ratico. Me presta el baño.
- ¿Quién es usted, señor?
- José María Sandoval, pa servirle en lo que puea.
- Sí, adelante, es esta puerta de acá.
Definitivamente no es su esposo. No se le parece ni un
poquito. Esas piernas y esos brazos… “¡Santa María, Evelia!” dice para sus
adentros, “¡aparte de mí esos pensamientos pecaminosos Dios mío!”
Al salir José María del baño, Evelia le ofrece un vaso de
fresco.
- Gracias ñora, no sabe el calor que hace ajuera.
- Con gusto muchacho ¿Qué lo trae por acá?
- Diay, haciendo ruta, jalando unos palos que
están botando de una construcción allá entro. Todo el año estoy en esas.
- ¡Ajá! Si quiere pase aquí a almorzar cuando
quiera- dijo Evelia, sin ocultar cierta
complacencia con el hombre.
- Ah di, ¿no se enojará el señor de la casa?
- ¿Ah, señor? ¡Ah no, no! Tranquilo, él pasa
ocupado todo el día.
- Pues gracias señora. Dicen que lo mejor de la
vida viene en envase pequeño.
- ¡Ay muchacho este! Tome, llévese este pan para
el camino.
Así siguió visitando el camionero a Evelia, y así continuó
ella recibiéndolo. Un día él hablaba de sus hazañas delante del volante, otros
ella revelaba algún secreto de cocina. Siempre las charlas eran amenas, ella
reía a cada elocuente chiste de José, él parecía interesarse en los cuentos de
Evelia.
- ¿Por qué no me acompaña al páramo? Seguro hay un
atardecer lindísimo - dijo el hombre.
- No me puedo tardar, la novela de las siete está
buenísima.
- Tranquila ñora, unos minuticos.
Cuando el cielo se encontraba confabulando para su treta,
José María Sandoval dijo: “Señora, usté es tan amable, tan dulce conmigo. Ya
casi termino mi trabajo, y me voy lejos. Véngase conmigo”
Asustada, sin saber qué decir ni hacer, Evelia dijo: “¡Ay no
muchacho, cómo se le ocurre! Yo tengo marido, casa, mis aparatos… no puedo yo…”
-
Pero su marido nunca está ni la cuida, yo la
chineo todos los días.
- Ay José, no puedo yo…
- Vea, le prometo que la haré feliz ¿Usté es feliz
ahora?
Se acercó y,
lentamente, le dio un beso.
Al llevarla de vuelta a casa, Evelia se encontraba
sobresaltada. No podía creer lo que había hecho. Para calmarse, sintonizó la
novela de las siete.
“No puedo amarte, Ricardo Andrés, siento que ya no eres para
mí”
“Pero Ana Julia, tienes todo lo que quieres, no sé qué más
puedo darte”
“Sólo necesito tu amor. Elige, tu profesión o yo”
“Lo siento Ana Julia, eso es innegociable”
“Entonces me voy”
No pudo evitar llorar con la protagonista de la tele, pero
no lloraba por Ricardo, ni por Ana Julia. Lloraba por ella, que había
abandonado todos sus sueños y entregado su vida a un hombre que no es capaz de
amarla como ella se merece. Y justo ahora, tan complicado el panorama, aparece
un buen mozo que la quiere como es, y que quiere hacerla feliz.
A la
mañana siguiente, empacado lo necesario, Carmela Evelia recordó la nota que
había escrito un año atrás, y la dejó sobre la mesa. Al oír el estruendo del
motor de un camión, salió, y cerró bien la puerta.
Juan Aragón







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