Feb 6, 2013

Carmela Evelia Gálvez


La enana continuó corriendo rápidamente, en sus mejillas redondas corrían pequeñas lágrimas cristalinas.
Carmela Evelia llevaba una vista desorientada y confundida, lo que la llevo a chocar de frente con un veinte añero, de cabellera hasta los hombros, pelirrojo, con pecas alrededor de sus mejillas, pantalones remendados, con su cuerda rodeando su cuello sosteniendo un símbolo de paz y amor y una camisa de cuadros multicolor.

-  Disculpa - Exclamó el muchacho.

-  Fue culpa mía – respondió Carmela.

-  ¿Por qué vas tan apresurada y triste?

-  No encuentro un novio que me quiera – Dijo la enana.

-  No te angusties y cuéntame ¿cómo te llamas? – Replicó el muchacho.

-  Carmela Evelia Gálvez ¿Y vos? – Consultó  Carmela.

-  Me llamo Godofredo Potter, vivo a dos cuadras de esta calle, a la par de la pulpería, enfrente del parque – Agregó el muchacho.

-   Hace mucho tiempo mi prima hermana Cleopatra vivía por ahí. – Dijo Carmela aún con sus ojos llorosos.

 

-   Pues qué bueno que conoces el lugar ¿Podrías ayudarme? – Preguntó Godofredo, y Carmela no pudo ocultar su asombro al notar que había topado con un muchacho apuesto y cortés, pero que también era no vidente. –Necesito encontrar mi bastón, y de paso te puedo mostrar el camino a casa.

-    Y ¿qué te gusta hacer Godofredo?

-    Me encantan los días en el campo, puedo relajarme y leer.

-    ¡Qué bueno, a mí me encantan!

Desde ese martes en la tarde y durante los siguientes nueve años, Carmela y Godofredo se reunían a tener un día de campo en las zonas verdes del parque. El resto es contar la típica historia, de un par de ciegos por el enamoramiento. “Éste sí me va a querer” pensaba Carmela Evelia, “no se dará cuenta que soy calva y fea”.

Nueve años después Carmela y Godofredo contraen matrimonio, en una ceremonia no opulenta, pero no por eso falta de detalles. La madre de Carmela estaba feliz, ya que al fin su hija pequeña había encontrado quién la quisiese, y además  su esposo era un buen abogado.
Casi doce años han pasado desde que la pequeña mujer se topara con aquel atrevido y apuesto hombre de larga cabellera, rebelde y soñador, que sabía cómo tratar a una dama y le arrancaba suspiros a su amada. Por cosas del tiempo y de dejarse perder en el mundo trasquilado por la rutina y el tiempo, aquel guapo muchacho se convirtió en un calvo y ocupado trabajador del gobierno, que se pasa de lunes a sábado hasta tarde resolviendo “asuntos delicados”, y los domingos se dedica a hablar del trabajo y a dormir.
Cansada, un día Carmela Evelia escribió una nota:

Godofredo, Godofredo
¿Dónde estás, que no te veo?
El estupor sigue, golpea,
¿O es este ruido el que me marea?

No importa, no importa cuántas tartas cocine
No cabe ya plato limpio en el armario
Lo que veo es un beso que no existe
Y una esclava encadenada a su amo

Plancha, aspira, conecta
¡Ya no deseo tanta ocupación!
Si no puedo tenerte un minuto
Al diablo tanta estúpida inversión

¿Soy sola yo quien siente?
¿Dónde está tu corazón?
Lo siento, no he querido decidirme,
Pero ya no soporto esta desazón.

Cansada la enana de esperar, de hacerse calva en el umbral, de contar cucharadas, de ver novelas, de mezclar con su dolor la sopa, dicen que alguien tocó a su puerta abandonada. Dudó. Pensó que podría ser su esposo, que había salido temprano del trabajo, o mejor, que había renunciado a su importante cargo, para quedarse junto a ella por siempre y envejecer felices

Abre la puerta, tiembla, solloza, suspira. No es su esposo. Es un hombre, sí, pero está en forma, moreno, ojos miel que complementan la mirada dulce, brazos gruesos, marcados, y cabellera, muchísima cabellera.

-  Disculpe usté doña. He anadao el páramo too el santo día, sin apiarme un ratico. Me presta el baño.

-  ¿Quién es usted, señor?

-  José María Sandoval, pa servirle en lo que puea.

-  Sí, adelante, es esta puerta de acá.

Definitivamente no es su esposo. No se le parece ni un poquito. Esas piernas y esos brazos… “¡Santa María, Evelia!” dice para sus adentros, “¡aparte de mí esos pensamientos pecaminosos Dios mío!”

Al salir José María del baño, Evelia le ofrece un vaso de fresco.
-  Gracias ñora, no sabe el calor que hace ajuera.

-  Con gusto muchacho ¿Qué lo trae por acá?

-  Diay, haciendo ruta, jalando unos palos que están botando de una construcción allá entro. Todo el año estoy en esas.

-  ¡Ajá! Si quiere pase aquí a almorzar cuando quiera- dijo Evelia, sin ocultar cierta 
 complacencia con el hombre.

-   Ah di, ¿no se enojará el señor de la casa?

-   ¿Ah, señor? ¡Ah no, no! Tranquilo, él pasa ocupado todo el día.

-   Pues gracias señora. Dicen que lo mejor de la vida viene en envase pequeño.
-   ¡Ay muchacho este! Tome, llévese este pan para el camino.

Así siguió visitando el camionero a Evelia, y así continuó ella recibiéndolo. Un día él hablaba de sus hazañas delante del volante, otros ella revelaba algún secreto de cocina. Siempre las charlas eran amenas, ella reía a cada elocuente chiste de José, él parecía interesarse en los cuentos de Evelia.

-  ¿Por qué no me acompaña al páramo? Seguro hay un atardecer lindísimo -  dijo el hombre.

-   No me puedo tardar, la novela de las siete está buenísima.

-   Tranquila ñora, unos minuticos.
Cuando el cielo se encontraba confabulando para su treta, José María Sandoval dijo: “Señora, usté es tan amable, tan dulce conmigo. Ya casi termino mi trabajo, y me voy lejos. Véngase conmigo”
Asustada, sin saber qué decir ni hacer, Evelia dijo: “¡Ay no muchacho, cómo se le ocurre! Yo tengo marido, casa, mis aparatos… no puedo yo…”

-  Pero su marido nunca está ni la cuida, yo la chineo todos los días.

-   Ay José, no puedo yo…

-   Vea, le prometo que la haré feliz ¿Usté es feliz ahora?
 Se acercó y, lentamente, le dio un beso.

Al llevarla de vuelta a casa, Evelia se encontraba sobresaltada. No podía creer lo que había hecho. Para calmarse, sintonizó la novela de las siete.

“No puedo amarte, Ricardo Andrés, siento que ya no eres para mí”

“Pero Ana Julia, tienes todo lo que quieres, no sé qué más puedo darte”

“Sólo necesito tu amor. Elige, tu profesión o yo”

“Lo siento Ana Julia, eso es innegociable”

“Entonces me voy”

No pudo evitar llorar con la protagonista de la tele, pero no lloraba por Ricardo, ni por Ana Julia. Lloraba por ella, que había abandonado todos sus sueños y entregado su vida a un hombre que no es capaz de amarla como ella se merece. Y justo ahora, tan complicado el panorama, aparece un buen mozo que la quiere como es, y que quiere hacerla feliz.
A la mañana siguiente, empacado lo necesario, Carmela Evelia recordó la nota que había escrito un año atrás, y la dejó sobre la mesa. Al oír el estruendo del motor de un camión, salió, y cerró bien la puerta.

Juan Aragón


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